LA VERDADERA HISTORIA TRAS “EL EXORCISTA”

Martes 2 de Junio del 2020 | 8:16 pm

Un caso real de 1949 inspiró la novela y el célebre filme de terror.

Tras el exorcismo más famoso de la historia del cine se halla un suceso real y sorprendente cuyo protagonista aún vive, oculto en el anonimato. La novela El exorcista (1971) y el largometraje homónimo (1973) se inspiraron en un caso documentado por la Iglesia. El supuesto endemoniado fue en realidad un niño, a quien los investigadores e historiadores llaman, simplemente, Robbie, y al que le sucedieron cosas extraordinarias y para los curas que le custodiaron, incomprensibles. Tanto, como para que las autoridades católicas de Washington aceptaran que se le sometiera a un exorcismo.

Robbie era un niño afroamericano que fue víctima de arrebatos de ira y centro permanente de sucesos inexplicados. Dicen los que le trataron, que documentaron su estado en una serie de cuadernos que han ido pasando de mano en mano en Washington, que hablaba en latín y que en su cuerpo aparecían marcadas palabras malditas. Un grupo de jesuitas norteamericanos creyó que era víctima del demonio y lo sometió a un duro y tortuoso exorcismo.

En la época, la prensa seria llegó a dar el hecho como algo verídico. Un diario tan prestigioso como The Washington Post publicó el 20 de agosto de 1949 que “en lo que es, tal vez, una de las experiencias más destacables de su género en la reciente historia religiosa, un niño de 14 años [de los suburbios de Washington] fue liberado por un cura católico de la posesión por el demonio, según informaron fuentes católicas”.

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El que sería autor de la novela y el guión del filme, William Peter Blatty, estudiante en la Universidad de Georgetown, leyó el artículo. Corría por el campus de esa institución jesuita el rumor de que dicho cura católico, mencionado por el Washington Post, era un padre bastante conocido en la universidad: William Bowdern. Blatty le escribió, pidiéndole ayuda.

“Me pasé meses llamando a diversos padres jesuitas, preguntándoles si conocían al padre Walter Halloran, del que se decía que había presenciado el exorcismo y que lo había mencionado en una entrevista a un diario local de Nebraska. Finalmente le encontré”, explica Allen a EL PAÍS. “Curiosamente, era la noche de Todos los Santos”. Halloran, fallecido en 2005, reveló a Allen que existía aquel diario, escrito por un tercer cura, el padre Raymond Bishop. “Halloran era un rebelde. Decía que al padre Bowdern, el que realizó el ritual, le hubiera gustado que la gente supiera de aquel exorcismo. Así que me mandó una copia del diario”, explica.

Así vio la luz la historia de Robbie, una patraña para la ciencia y escondida por la Iglesia. El niño nació en 1935. Su calvario, según el relato de los jesuitas, comenzó el 15 de enero de 1949, cuando se comenzó a oír en su casa un arañazo persistente bajo el suelo, seguido por un extraño chirrido que parecía provenir del interior de su cama, siempre según el relato de sus familiares.

Aunque la familia era protestante, el caso llegó a las manos del padre católico Albert Hughes, párroco de la iglesia de Saint James, que vio cómo se multiplicaban acontecimientos extraños. Según recoge el diario de los jesuitas, el niño le dijo al padre Hughes en latín: “Cura de Cristo, sabes que soy el Demonio. ¿Por qué me molestas?”. Hughes, fuente única de esos sucesos, ingresó al niño en el hospital de Georgetown y trató de exorcizarlo, con la autorización expresa del arzobispo de Washington. El hospital depende de la universidad del mismo nombre, gestionada por los jesuitas.

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Entonces ocurrió el suceso que inspiró la novela de Blatty. En pleno ritual, el adolescente se liberó de las ataduras de su cama y atacó al reverendo con un muelle, provocándole una profunda herida en el brazo y el hombro, que requirió un centenar de puntos. Herido de gravedad, el padre abandonó el exorcismo, después de sufrir un ataque de nervios. Esta agresión es lo único cierto y demostrable en todo este proceso, pues hay certificados médicos que la prueban.

El barrio de Georgetown, plácido y exclusivo, es el marco de la novela y la película, con la Universidad y su rectorado, de estilo románico, de fondo. En el libro también se menciona la iglesia de la Santa Trinidad, en la que Reagan se cuela para profanar imágenes. En el largometraje se ilustró ese evento con la capilla Dahlgren, en la que el padre Damien Karras oficia misa. Junto a la casa en la que se supone que vivió la niña, en la calle Prospect, están las famosas escaleras del final del largometraje, aún tétricas, húmedas y oscuras, convertidas en un reclamo turístico más en una ciudad consagrada casi por completo a la política.

En la historia real, sin embargo, la familia de Robbie era muy modesta. Vivía lejos del exclusivo refugio blanco de Georgetown. Su barrio, Cottage City, es, aun hoy, uno de los más pobres de la zona metropolitana, con una tasa alta de pobreza y baja de escolarización secundaria y superior. Aunque no duraron mucho tiempo allí. Ante el escándalo que el niño había armado en el vecindario, decidieron marcharse a casa de unos familiares en San Luis, en el Estado de Misuri.

Allí consultaron con los jesuitas de la universidad católica local. El arzobispo de San Luis autorizó el exorcismo y el padre Bowden lo inició, descubriendo muy pronto a quién se enfrentaba. “La imagen del diablo y la palabra INFIERNO aparecieron [en el cuerpo del niño] en cuanto repetimos el Praecipicio, pidiéndole al espíritu maligno que se identificara”, dice el padre Bishop en su diario. “El diablo apareció en rojo. Sus brazos se erguían sobre su cabeza y parecían estar palmeados, dándole la horrible apariencia de un murciélago”, prosigue. De todo esto no hay prueba gráfica alguna, sólo el recuento de los curas.

Bowden practicó las últimas fases del exorcismo en la planta psiquiátrica del hospital de los Alexianos. El lunes de Pascua hubo una conversación en la que el niño decía hacer de portavoz del diablo. “Yo siempre estoy dentro de él”, dijo, cuando le intentaron dar la comunión. Horas después, el niño, en pleno ataque, dijo tener la visión del arcángel san Miguel venciendo al diablo. Con una voz impostada, dijo: “Te obligo a ti, Satán, y a otros espíritus diabólicos a que abandonéis este cuerpo en el nombre de Dios, ahora”. El drama, según las notas del jesuita, acabó en aquel momento.

A pesar de las más que razonables dudas médicas y científicas sobre la veracidad de los hechos descritos en ese diario, el padre Bowdern siempre los dio por ciertos. Así lo creyó hasta su muerte en 1993. “Fue real”, le dijo a Blatty en una carta. Al fin y al cabo, él era un cura católico y Roma reconoce las posesiones como reales. El texto original del Ritual romano, utilizado para el menester de los exorcismos, fue redactado en 1614 a instancias del papa Pablo V y modificado por última vez en 1999, bajo la tutela del cardenal Jorge Arturo Medina Estévez.

En una conferencia en la que presentó el nuevo ritual, el cardenal dijo que la posesión es reconocible porque le permite al sujeto “hablar con muchas palabras de lenguas desconocidas o entenderlas; desvelar cosas escondidas o distantes; demostrar fuerzas superiores a la propia condición física, y todo ello juntamente con una aversión vehemente hacia Dios”.

Al pequeño Robbie, en 1949, se le practicaron todo tipo de pruebas médicas en el hospital de Georgetown. Los médicos temieron de forma razonable que sufriera un trastorno psiquiátrico. Los psiquiatras no se pusieron de acuerdo en un diagnóstico. Fueron su familia y los jesuitas los que creyeron que estaba poseído. Sus síntomas coinciden, es cierto, con los descritos por Medina Estévez. Hubo un exorcismo, eso es cierto. Pero si en realidad existe algo semejante la posesión demónica es algo que queda estrictamente en el ámbito de la creencia religiosa.

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