LA MALDICIÓN DEL 666

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«Gran número de católicos, entre ellos reputados teólogos, no ocultan su convencimiento de que el Anticristo no es más que la personificación del mal o del pecado».

La noticia saltó hace ya unas semanas. Mujeres embarazadas, cuyo parto se predijo para hoy día 6 del mes 6 de 2006, solicitaron a sus ginecólogos anticiparlo, por temor a coincidir con una fecha que se asemejara al número perverso 666. Otras mujeres al parecer más atrevidas, que preveían dar a luz los próximos días, pidieron adelantarse a hoy. Incluso se relataba que alguna mujer había decidido que, si hoy lograba convertirse en madre, iba a llamar -supongo que no a bautizar- a su hijo con el nombre de Damien, en homenaje al niño maldito de la película La profecía. Este filme, protagonizado por Gregory Peck, fue estrenado hace justo treinta años, aprovechando la afición al cine de terror que, en 1973, había cultivado la película El exorcista. La profecía narraba la venida del Anticristo, encarnado en un niño de mirada inocente en cuya cabeza figuraba grabada la cifra diabólica 666.

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Tanto La profecía como El exorcista fueron seguidos por sus respectivas secuelas, aunque naturalmente nunca tan bien logradas. En 1995, el bilbaíno Alex de la Iglesia dirigió El día de la Bestia, una sátira urbana en torno a la llegada del Anticristo, que se convirtió en uno de los éxitos comerciales del cine español de la década pasada. Esta vez, un trío de lo más variopinto conformado por un sacerdote vasco, un aficionado a la música heavy y un profesional del esoterismo recorrían la noche madrileña a la caza y captura del Anticristo. Justo hoy, el Anticristo vuelve a las pantallas con el estreno en todo el mundo de un remake de La profecía.

Debemos acudir al último libro de la Biblia, el del Apocalipsis, para descubrir el origen del 666. El Apocalipsis es uno de los libros más misteriosos de la Biblia y, sobre todo, peor interpretados. En los últimos tiempos ha suscitado muchas veces mayor interés entre los no creyentes que entre los propios cristianos. Fue escrito, según la mayoría de los expertos, a finales del siglo I y se atribuye su autoría al mismo que redactó el Evangelio de Juan. El Apocalipsis fue elaborado en un periodo de plena expansión del cristianismo y en una época de visceral confrontación entre esta nueva religión y el Imperio Romano. Estaba llamado a circular, por tanto, de manera clandestina entre las comunidades cristianas que florecían alrededor del mar Mediterráneo pero, por si acaso, recurrió de manera continuada a metáforas y simbolismos, con el objeto de que su significado no pudiera desvelarse con facilidad.

Pero estoy seguro de que ni en los tiempos en los que fue escrito ni después el contenido de Apocalipsis ha sido suficientemente comprensible para los fieles. Así, uno de los enigmas que planteó está relacionado con el significado de la cifra 666, el número de la Bestia: «Aquí está la sabiduría. El que tenga inteligencia calcule el número de la Bestia, porque es número de hombre. Su número es 666» (Ap 13, 18).

¿Qué quiso decir el autor del Apocalipsis con que la cifra de la Bestia era 666? Hoy en día son aceptadas dos interpretaciones que no se contradicen necesariamente. Ambas se fundamentan en el hecho de que en la Biblia, como también ocurría en la antigüedad en algunas culturas paganas, los números contenían a menudo un significado de carácter no propiamente algebraico.

Una de las dos explicaciones más compartidas inicia su argumentación tomando como referencia al número siete. En la Biblia el número siete es sinónimo de plenitud. Además, es continuamente reiterado en el Apocalipsis: siete Iglesias, siete candeleros de oro, siete estrellas, siete trompetas, siete sellos Por consiguiente, la repetición por tres veces del número seis -666- quiere poner de manifiesto, sin más, el destino o la condena de la Bestia a ser imperfecta.

La otra interpretación se sostiene en la suma del valor numérico de las letras. En la lengua griega o en el hebreo, cada letra coincide con un número. De este modo, un número podía ocultar una palabra cualquiera o varias. Quienes son partidarios de esta hipótesis han defendido, en su mayoría, que 666 deja traslucir la figura del César y, más en concreto, al emperador Nerón. La cifra 666 puede ser resultado de la suma de los equivalentes numéricos de las letras del término hebreo NRWN QSR que significa César Nerón: 50+200+6+50+100+60+200. Sin embargo, es conocido que en algunos de los textos más antiguos del Apocalipsis el número de la Bestia no es 666, sino 616. Pero la mayoría de los estudiosos concluyen, apoyándose en las posibles combinaciones de letras y de números, que el personaje perverso que el 616 esconde es también el César.

Cuando se alude a Nerón, muchos evocamos de modo inmediato la película Quo vadis, de 1951, en la que el sanguinario emperador era magníficamente interpretado por el desaparecido Peter Ustinov. Las crónicas relatan, y precisamente esta película también, que Nerón fue quien emprendió la primera gran persecución del Imperio Romano contra los cristianos. En este contexto histórico, los apóstoles Pedro y Pablo fueron martirizados en la Ciudad Eterna.

El Imperio Romano y el cristianismo vivieron más o menos enfrentados casi tres siglos, exactamente hasta el 313, cuando el emperador Constantino I decretó el Edicto de Milán, por el cual concedía libertad de culto a las comunidades eclesiales. Y tan sólo unos decenios después, en el 380, el emperador Teodosio I, en el Edicto de Tesalónica, declaró el cristianismo como religión oficial.

En esos momentos, el decadente imperio necesitaba de la cohesión social y la estructura eclesial que el cristianismo estaba consiguiendo asentar, para hacer frente a las divisiones políticas internas y a las amenazas de las huestes bárbaras, que al fin terminaron por desintegrarlo sin remedio. No obstante, las confrontaciones entre el César y la Iglesia católica no terminaron aquí. Surgió una doctrina política, el Cesaropapismo, que defendía la injerencia del César en el nombramiento de los obispos. De todas las maneras, las controversias y cavilaciones en torno a las relaciones entre la Iglesia católica y el Estado configuraron el eje más importante sobre el que la teoría política se desarrolló durante la Edad Media y la Edad Moderna.

Olvidado el César, a lo largo de los siglos distintos gobernantes y hasta papas han sido acusados de ser el Anticristo. Algunos recordarán que el reverendo protestante Ian Paisley, líder unionista de Irlanda de Norte, interrumpió en 1988 el discurso de Juan Pablo II en el Parlamento europeo, tildándole de Anticristo, en el quizá más surrealista gesto de propaganda política que yo haya conocido nunca.

Hace ya unas cuantas décadas que la pastoral de la Iglesia católica ha dejado de prestar tanta atención a los peligros del Anticristo. Gran número de católicos, entre ellos reputados teólogos, no ocultan su convencimiento de que el Anticristo -o llamémosle también Satanás, el Demonio o el Diablo- no es más que la personificación del mal o del pecado. En el lado contrario, muchos de quienes siguen creyendo en él, como un ser autónomo que atenaza a la Humanidad, insisten en que su primer logro es haber conseguido que su existencia fuera ignorada.

De un modo u otro, la Iglesia católica continúa llevando a cabo exorcismos, aunque sólo en última instancia y después de cuidados exámenes psiquiátricos, con la meta de liberar a personas concretas de supuestas posesiones diabólicas. Pero hasta los más incrédulos en estas prácticas o en el Anticristo deben reconocer la imposibilidad de explicar a través de la ciencia el comportamiento de muchos de estos poseídos. Igual será porque el Diablo sabe más por viejo que por Diablo.

BORJA VIVANCO DÍAZDOCTOR EN ECONOMÍA Y LICENCIADO EN SOCIOLOGÍA

https://www.diariovasco.com/pg060606/prensa/noticias/Opinion/200606/06/DVA-OPI-349.html

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