Carlos B-min

Carlos Barzola

ZAPATERO A TUS ZAPATOS

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A mis 21 años, cuando empecé en los corrillos motorizados por la herencia en el manejo dejada por mi padre, viví fascinado por los talleres de mecánica. Algunos bastante ordenados en sus herramientas, otros un verdadero desastre, pero en ambos un mecánico experimentado que disfrutaba lo que hacía.

Sábado 11.00 a.m. Cuando uno maneja frecuentemente se afinan tanto los sentidos de manera auditiva o visual. Instintivamente te das cuenta que algo falla en tu auto. Esta vez apareció de forma súbita una señal a la altura del panel de mando con un nombre muy comercial: EPS.

Primera vez que venía ese mensajito y de inmediato comuniqué al mecánico de cabecera de mi “negrito” para ver a qué se debía esa señal.

Me tranquilizó al decirme que era un tema leve que requería atención del timón. Igual, quienes me conocen saben que soy muy exigente con mis cosas y no estaba tranquilo desde aquella lucecita que no se apagaba en mi panel.

Al día siguiente fui adonde mi mecánico y lo probó. En efecto, no se borrara en ningún instante. Se acerca un ayudante de bastante edad y dijo enfáticamente: ¡Hidrolina!

Ese comentario provocó la risa de mi mecánico quien le reprochó que los autos modernos no usan ya ese líquido hidráulico y que todo se articula a través de sensores eléctricos. (Hasta yo pensé que los timones se ponían suavecitos son hidrolina. ¡Plop!)

Encendía, apagaba, movía una cosa acá, y otra allá y nada. No se borraba la pertinaz lucecilla.

Como la hora avanzaba, tuve que tomar una decisión y recordé la frase de mi padre: Zapatero a tus zapatos. Un simple ejercicio lógico me llevó a ir con un añejo electrónico. Caso cerrado.

El señor que ve las baterías de mi “negrito” no estaba, pero sí su hijo a quien le hice la consulta. El joven ni siquiera esperó que le explicara tanto, abrió la puerta, vio por debajo del timón, sacó una compuerta y me dijo que comprara un fusible. Fui y regresé rápidamente con el repuesto de S/. 0.50. y ¡Zas!, asunto arreglado.

La solución no le tomó ni un minuto. Yo, que aún estaba incrédulo, subí a probar el juego del timón y en efecto, se le notaba más suave y la bendita luz de apagó. ¡Yeah!

¿Cuánto es, amigo? Fue la pregunta de rigor, ante la cual me respondió: ¡Una gaseosita!

Hoy mi “Negrito” va feliz por las rutas y mejor que antes. La solución estuvo en acudir a la persona especialista en el tema. Asunto concluido…. Sigo en la vía.

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