Carlos B-min
REPORTERO AL VOLANTE

TODO DA VUELTAS

Lunes 22 de Julio del 2019 | 9:05 am

A veces nos acostumbramos a pensar que los males solo les pasan a otras personas, pero cuando nos toca a nosotros ¡Ay!… A continuación una hermosa experiencia.

Sábado 8.52 a.m. Esta vez me tocó transportar a un familiar muy cercano a un chequeo médico de urgencia. La cita estaba pactada para las 9.00 a.m. y solo quedaban ocho escasos minutos.

La desesperación entre mis hermanos cundió a tal extremo que nos estábamos olvidando el documento más preciado en estas urgencias: El DNI de la paciente. Cada uno tomó su lugar en la movilización. Dos ayudaron a la paciente a subirla al “Negrito” y mi responsabilidad era guardar la silla de ruedas en la maletera. Tuve que sacar de inmediato la llanta de repuesto, la gata hidráulica y la caja de herramientas.

Doblo la silla y de un solo tirón la introduzco en la maletera, cuando se pronto veo que una de las llantitas delanteras no entraba. “Piensa, Carlos, piensa”, me repetía una y diez veces pensando en la manera de introducirla sin necesidad de desarmar nada de la silla.

En esos momentos vino a mi mente un hecho similar. Meses atrás había tenido la misma necesidad de introducir una silla de ruedas de una familia que me tomó el servicio. En aquella ocasión era una abuelita que se había caído de un sofá y su desesperado hijo me solicitó que la llevara de emergencia al hospital Santa Rosa. Recuerdo nítidamente que su hijo era ingeniero y me dijo que introduzca la silla de ruedas en la maletera. Intenté una y seis veces y, por el apuro, forcé la llantita de metal y eso provocó que saliera volando una tapita de plástico de mi auto. En ese momento renegué interiormente porque esa tapita tenía dos sujetadores y uno de ellos se rompió.

Recuerdo que llegué a pensar de esta forma: “Ahora quién me responde por esta rotura”, “yo qué culpa tengo del apuro de estos”… En ese momento fui amargo por toda la ruta pensando en la bendita tapa rota por el metal de la silla de ruedas.

De pronto recordé… ¡EUREKA!, la tapita, esa es la solución, la bendita tapita que está oculta en la alfombra de la maletera. Busqué y rebusqué y la encontré. Retiro la famosa tapita frágilmente puesta ya que seguía con la rotura del sujetador  y, como por arte de magia, la silla entró completita.

Al cerrar la puerta me di cuenta que ahora la emergencia era mía y si en aquella otra ocasión yo renegué por la avería, ahora esa misma avería fue mi salvación para que entrara la silla de ruedas de mi madrecita preciosa. Recordé ese hecho con vergüenza porque uno nunca sabe cuando la urgencia llega a tocarnos la puerta. Me persigné y pedí a Cristo Jesús que me disculpe por ese error humano y di las gracias porque ese recuerdo me permitió salir de un apuro… Sigo en la vía.