Carlos B-min
REPORTERO AL VOLANTE

ÁNGELES EN LA VÍA

Lunes 20 de Abril del 2020 | 8:30 am

Viernes 7.40 p.m. Retornaba de mis labores habituales en un periódico capitalino, con el toque de queda encima, pero como tengo autorización para circular me fui en dirección a mi casa escuchando noticias sobre el Covid-19 junto a mi “negrito”.

Al llegar a una esquina me detuve por la luz roja del semáforo y siento que me golpean la luna por al lado del copiloto. Era un adulto mayor con actitud bastante preocupada que me pedía que baje la luna. Él estaba con mascarilla así como yo, pero le indiqué que no estaba en servicio y que no podía bajar la luna por temor al contagio.

El abuelito insistía rogándome que lo trasladara a su vivienda, porque se había quedado dormido en la casa de su hija esperando las medicinas para su esposa que estaba en casa por alrededores del Estadio Nacional, de allí su urgencia para ir donde ella.

-Señor, por favor, deme una jaladita, sino me van a detener los militares. (les confieso que se me partía el alma el negarme a auxiliarlo, era más por el incumplimiento de la norma que otra cosa).

-Discúlpeme, pero no puedo llevarlo más bien espere que voy a ubicar a un patrullero a ver si puede hacerle el favor de trasladarlo, pero Ud. No puede quedarse en la calle, mejor se hubiera quedado en casa de su hija.

-No puedo quedarme porque mi esposa necesita estas medicinas, ella sufre de asma (me enseñaba una caja).

Me corazón me decía: LLÉVALO, y mi responsabilidad me decía CUMPLE LAS NORMAS, te van a multar.

La verdad, estimados lectores, fue la gran duda que tuve en mi vida. Invoqué a la memoria de mi padre, me persigné y acepté llevarlo.

-Bueno, señor, lo voy a llevar, pero solo porque es una emergencia, pero si me detienen le voy a explicar a la policía el caso para que lo transporten en un patrullero, ¿ok?

– Está bien, caballero, Dios lo bendiga por lo que está haciendo, me respondió el anciano.

Agarro la Av. Colonial, llego a la plaza 2 de Mayo, subo por Colmena, Chancay y salgo por Uruguay hasta llegar a la Plaza Grau. Increíblemente me crucé solo con piquetes de militares que al ver mi cartel de PRENSA en el parabrisas me hacían señas con la mano de que avance, mientras mi alma regresaba a mi cuerpo.

Llegué hasta el domicilio del anciano y ví que en una ventana estaba una adorable abuelita aplaudiendo la llegada de su esposo. Él respondió aquel cariñoso saludo con un besito volado y yo me quebré. El anciano me ofreció S/ 20 soles por el riesgo que había corrido pero no los acepté. Mi respuesta fue categórica: no le cobro si es que me promete no quedarse otra vez. ¿OK? (risas) y adiós.

Lo insólito es que regresé a mi casa y me detuvieron tres veces, presenté mis documentos y llegué sin dificultad. Los milagros existen… Sigo en la pandemia.