Carlos B-min
REPORTERO AL VOLANTE

AMBULANCIA OSCURA

Lunes 22 de Junio del 2020 | 7:50 am

Miércoles 10:45 p.m. Venía cerrando tranquilamente la edición del diario donde laboro cuando de pronto recibo un mensaje alertándome de una urgencia médica de un familiar muy cercano.

Como comprenderán, empecé a preocuparme porque no hay nada más torturante que recibir este tipo de noticias y no poder constatar la gravedad de la situación. Así que ni modo, encargué a una compañera de trabajo que envíe la última página que me faltaba explicándole la urgencia.

Allí estaba mi “negrito” esperando –como si supiera- atento a la orden de desactivar la alarma para ponerse a mi servicio. Subo, enciendo y arranco rumbo al llamado. Llegué en 10 minutos y, en efecto, era mi hija que estaba muy adolorida por una dolencia estomacal.

Nuestro médico de cabecera indicó llevarla a un centro hospitalario y fuimos hacia allá, llegué en 8 minutos ya que la vía estaba despejada. Pasamos los protocolos de rigor del personal médico y esto merece un párrafo aparte.

La pandemia ha obligado a los hospitales a reducir su personal al mínimo, pero no así a los pacientes que llegan cada cinco minutos. Unos en ambulancia, otros en taxis, unos apurados y lógicamente muy tristes. La persona que los recibe les dice de inmediato que NO HAY OXÍGENO, pero igual los dejan pasar. Una situación terrible que asustó a mi hija.

A pesar que conozco estos temas también me surgió una preocupación al ver este escenario. Sabía que los hospitales estaban en emergencia, pero no tanto. Así que luego de dos chequeos y verificar las distancias sociales del caso y que todo estaba en orden, me la llevé de regreso para comprar las medicinas y aplicarlas en casa. La misma doctora sugirió el retorno ya que estaba más calmada, no sé si por lo complicado que están los hospitales o por el efecto del calmante que le aplicaron.

Otra vez mi “negrito” estuvo atento a ir por las medicinas. Le aplicaron la inyección y de vuelta a casa. La verdad, estimados lectores, tener un carro en estas circunstancias es una real bendición. Te transporta a todos lados en el acto y gracias a mi dispensa por el medio periodístico que trabajo que también tengo la facilidad de transportarme en casos de urgencia, como la actual.

Lo consumado es que mi hija tiene que operarse de la vesícula, pero puede ser programada, ahora está a dieta estricta y respetando escrupulosamente las indicaciones, creo que más pudo el temor a la emergencia de los hospitales. Ahora, gracias a Dios, está tranquila y a la espera de que la programemos con calma en otro centro asistencial la extirpación laparoscópica.

Por eso, esta columna, que la escribo en el Día del Padre, se la dedico a mi “negrito”. Mi compañero fiel, mi hermano del alma, mi confidente y en este caso mi ambulancia a la mano, no tienen idea de cuántos apuros me salva, lo cuido y mi gratitud eterna a este amigo de cuatro llantas… Sigo en la vía.