Alfredo Vignolo
LA ESPADA DE DAMOCLES

PERIODISMO Y OPINIÓN PÚBLICA

Jueves 1 de Octubre del 2020 | 8:02 am

La tarea del periodista es, en cierto sentido, “sagrada”, como lo sostuviera el Santo Padre Juan Pablo II. El periodismo viene sufriendo cambios, las nuevas tecnologías afectan e involucran a todos. La globalización ha aumentado la capacidad de los medios de comunicación social, pero a la vez los ha expuesto aún más a las presiones políticas, ideológicas y comerciales.

El periodismo no puede guiarse sólo por la fuerzas económicas, por el provecho y los intereses partidistas; debe experimentarse como una tarea en cierto sentido “sagrada”, ejercida con la conciencia de que se os confían los medios de comunicación social para el bien de todos.

No se puede escribir o emitir en función del índice de audiencia, ni tampoco se puede recurrir al derecho indiscriminado de información, sin tener en cuenta los demás derechos de la persona. No hay libertad, incluida la libertad de expresión, que sea absoluta, ésta está limitada por el deber de respetar la dignidad y la libertad de los demás. No hay nada, por más fascinante que sea, que pueda escribirse, realizarse o emitirse con perjuicio de la verdad y no sólo a la verdad de los hechos reportados, sino también a la verdad del hombre, a la dignidad de la persona en todas sus dimensiones.

La opinión pública se crea desde una exquisita rectitud moral, pues se trata de un fenómeno propio de las sociedades modernas que afecta la conciencia colectiva hasta el punto de poder estar tanto al servicio de un discernimiento objetivo de la actualidad por parte de la sociedad, o por el contrario estar al servicio de procesos de engaño colectivo por el que los juicios inciertos y desajustados pueden falsear la conciencia sobre la realidad de grupos y sociedades enteras.

El ejercicio del periodismo alcanza una posibilidad trascendente en la medida que este se ejerce como privilegio y se debe disfrutar con honor y generosidad para el bien y no para el mal, para enaltecer y no para hundir, para orientar y no para desquiciar, para educar e instruir y no para confundir y arrastrar hacia las tinieblas de la duda o de la morbosidad, para formar y no para “darle al público lo que le gusta” o “lo que pide”.

Mantengamos pues nuestra independencia y libertad de expresar como periodistas lo que se piensa como hombre.