LA HISTORIA NO CONTADA DEL SEÑOR DE LOS MILAGROS

Conozca a partir de hoy su verdadero origen, el nacimiento de la fe y costumbres.

(Foto difusión)
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Eran las 2:45 de la tarde de aquel lejano 13 de noviembre de 1655. Fue en ese momento que tuvo lugar un terrible terremoto que estremeció Lima y Callao. Se derrumbaron templos, mansiones y las viviendas más frágiles, cuyo trágico saldo fue de miles de víctimas mortales y damnificados.

El terremoto afectó también a la zona denominada Pachacamilla y las viviendas igualmente se derrumbaron. Todas las paredes del local de la cofradía se derrumbaron, produciéndose entonces el primer milagro: el débil muro de adobe en donde unos esclavos angolas habían la imagen de Cristo, quedó intacto, sin ningún tipo de daño. Y así nació la tradición de fe más grande de América.

LA IMAGEN DE UN CRISTO CRUCIFICADO

Fue alrededor del año 1650, cuando unos negros angolas pertenecientes a la cofradía del barrio de Pachacamilla, en Lima, pintaron en uno de los muros del galpón donde se reunían, y según algunos historiadores donde quizá también habitaban, la imagen de un Cristo crucificado.

En este lugar, hoy en día se erige el Monasterio de las Nazarenas, casa del Señor de los Milagros, llamado también de la Santa Cruz pues en 1674 se pintó una cruz como símbolo de protección, ante las amenazas de invadir Lima el pirata Jacobo L’Hermite Clerk.

Este hecho prodigioso fue el que dio comienzo al culto popular al Señor de los Milagros, propagándose rápidamente entre la feligresía local pero sin la autorización del párroco del templo de San Marcelo, razón por la cual éste solicitó a la autoridad eclesiástica inmediata superior que se demoliera el muro a fin de evitar cualquier acto profano.

El Virrey traslado la solicitud a la máxima autoridad eclesiástica que era en ese momento el Provisor y Vicario General Esteban de Ibarra. Este envió el 4 de septiembre al sitio al promotor Fiscal del Arzobispado José Lara y Galván, Laureano de Mena y el Notario Juan de Uría, quienes verificaron la existencia de la imagen del Cristo Crucificado, una concurrencia de unas doscientas personas que entonaron el salmo miserere ‘Tibi soli peccavi’.

NO SE PUDO BORRAR

Esteban Ibarra dictaminó que se prohibiesen tales reuniones y que se borrase la imagen, por lo cual entre el 6 y el 13 de septiembre de 1671, y se constituyó al lugar un comité especial dispuesto por el Promotor Fiscal del Arzobispado José Lara y Galán, un notario, posiblemente el mismo Juan de Uría, un pintor indígena de brocha gorda y el capitán de la guardia del Virrey, Pedro Balcazar, escoltado por dos escuadras de soldados para el caso que se produjesen desmanes por la cantidad de curiosos y vecinos que rodeaban el lugar.

El primero en intentarlo fue un pintor que al momento de subir por la escalera hacia la imagen comenzó a sentir temblores y escalofríos, teniendo que ser atendido, intentó de nuevo proseguir con su tarea, pero al subir otra vez, fue tal su impresión que bajó rápidamente y se alejó asustado del lugar sin concretar el encargo. El segundo hombre, se acercó a la imagen, pero algo vio en ella que le hizo desistir de raspar la imagen. El tercero, fue un soldado real de ánimo más templado, este subió, pero bajó rápidamente explicando luego que cuando estuvo frente a la imagen, vio que esta se ponía más bella y que la corona de espinas se tornaba verde.

Ante la insistencia de las autoridades por borrar la imagen, la gente manifestó su disgusto y comenzó a proferir grandes voces. En vista de lo cual el virrey y el vicario Ibarra decidieron revocar la orden y el Vicario Ibarra autorizó su culto.

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